Mostrando artículos por etiqueta: cuentos de madre de dios

    Lunes, 18 Noviembre 2019 10:37

    El Chullachaqui

     

    Calixto, era un joven que residía en la zona rural, muy distante del pueblo. Todos los fines de semana iba a vender sus productos agrícolas y se hospedaba donde su tío. El lunes muy temprano retornaba por un angosto camino que le conducía hasta su casa, atravesando un amplio monte lleno de animales peligrosos. No tenía miedo, era valiente, un fin de semana se adelantó en volver, era "domingo siete".   -Calixto, quédate, es un día malo... -dijo su tío. El joven hizo caso omiso a la petición de su tío. Arribó al atardecer a su casa y escuchó silbar a las perdices al filo de la chacra, cogió su escopeta y se fue a cazar. De inmediato llegó al lugar, con mucha precaución se fue acercando donde las escuchó gritar, la última vez. Avanzaba agazapado, vió moverse una rama. Efectivamente allí estaban posadas, levantó la escopeta, apuntó y disparó en el bulto. Las aves volaron y una cayó al suelo, estaba buscando y escuchó que algo pataleaba, la perdiz daba sus últimos momentos de vida, arrimó su escopeta a un árbol. Cuando se proponía levantar la presa, apareció un ser exótico muy raro que le impidió el paso. Se quedó turulato, era algo inaudito. El ser extraño era enano, panzoncito, los dientes negros y sobresalientes, completamente peludo como un oso, tenía una melena larga que llegaba hasta el suelo, un pie al revés, y usaba hojas como vestido, en realidad era horrible. El pequeño hombrecillo agarró al joven para morderlo y se pusieron a pelear, después de una ardua riña aprovechó un descuido, de su adversario, propinándole un fuerte golpe, de inmediato le soltó. Con mucha agilidad saltó donde estaba su escopeta y disparó contra el extraño en todo el vientre. El enanito cayó de espalda al suelo, las tripas se le chorreaban y tenía que metérselas en su lugar. Calixto al ver esa escena botó su escopeta y se olvidó de la perdiz, corrió pidiendo auxilio. Llegó a su casa botando espuma por la boca, subió dos gradas y cayó desmayado al piso de emponado.  -¡Mujer, algo estraño le ha sucedido a Cali!, sale a la puerta y encuentra tirado a su vástago, se asusta al verle en ese estado, llama a su mujer, busca su zapato, atiende al desmayado, coge su machete y el candil. ¡Cuida de cali, iré en busca del curandero!. Al cabo de un cierto tiempo llegaron los dos hombres. El curandero se ocupó del joven tomándole el pulso.  -Pronto estará bien. El curandero se puso a fumar su cachimbo, y con el humo iba soplando por la cabeza y resto del cuerpo de Calixto, que permanecía echado en el emponado, sin poder hablar. Hizo tres veces la misma operación.  - Ya está curado.
     -¿Qué ha tenido? -preguntó el padre.
     -¿Qué ha sufrido mi hijito?... -la madre se pasea por el emponado.
     -Señor -se sentó y se dibujó una sonrisa irónica en el rostro-, fue el chullachaqui que le asustó.  -¿El chullachaqui? -repitieron los padres. Fuera de casa, el curandero narró como sucedió. Los padres se asombraron.  -El chullachaqui es el diablo de la selva, les aparece a todas las personas que no creen en Dios, o no están bautizados, el muchacho estará bien, ya pasó todo el peligro. Al día siguiente relató a sus padres, igual como había narrado el curandero. Luego se dirigió al lugar de lo ocurrido a recoger la escopeta. El terreno donde lucharon estaba todo revuelto. Al ave la estaban comiendo las hormigas y a un costado se encontraba un pequeño tronco podrido con un agujero en medio.  -Regresemos a casa -dijo el padre-. Ahora pensemos en los padrinos para bautizar a Cali.  -Si, los padrinos -dijo la Mujer. -No tengan miedo -dijo el maestro-. Sólo es un cuento.   Fuente: Los Guardianes de la Isla Sagrada
    (Agustino Gonzales Erpillo) "Antimo"

    Lunes, 18 Noviembre 2019 10:36

    Silfos - Eja

     

    Antes que la sierra peruana fuera habitada, el territorio de MADRE DE DIOS estaba ya poblado de un numeroso y noble ejército de SILFOS, dedicados exclusivamente a cuidar y mejorar la naturaleza. Cuentan los abuelitos huarayos que estos seres tenían como única alimentación el rocío que quedaba convertido en gotitas en las hojas y en las flores. SILFOS EJA, era su máximo jefe. Medía 80 cm de altura, los ojos redondos y juguetones como los del conejo de la selva. Cada maña el ejército de silfos verificaba cómo estaba la selva e informaba a su jefe. Señor, las orillas de los ríos están muy opacas y los pececillos no se ven tan hermosos. Rieguen la entonces con oro en polvo. Señor, a los añujes y picuros les crecen muchos los dientes pues no tienen que roer. Hagan crecer árboles con frutos duros, ordenaba Silfos Eja. Inmediatamente sus hombres sembraron la castaña. Divino jefe, decía otro, los loros no pueden poner sus huevos en las palmeras porque son muy duras. Que lo hagan los pájaros carpinteros. Cada día era lo mismo. Sacar una rama podrida, poner una hoja en tal sitio, curar una hormiga, componer un nido, etc. Una mañana SILFOS EJA se vio rodeado por todos sus hombres y pregunto sorprendido ¿Qué pasa hijos?, Señor, señor, eres raras han entrado en tus dominios y lo destruyen todo. Matan a nuestros animales, derriban nuestros árboles, se llevan el oro de nuestros ríos y hasta se han comido huevos y pichones de nuestras aves. Son muy crueles señor. El jefe escuchó en silencio. Su tranquilo rostro poco a poco se volviendo más frío y duro que el metal y luego dando un atronador grito ordeno ¡Síganme¡ SILFOS EJA se elevó por los aires y tras suyo se elevaron también sus hombres. Minutos más tarde descendieron en un hermoso templo de granito, donde solamente una vez al año adoraban al dios de la vida. El templo se llamaba Pai-ti-ti y según dicen los abuelos queda en el Manu. Fue allí precisamente que, desde un altar de oro y diamantes, SILFOS EJA, con tono grave, dijo a su pueblo: “hijos, cada uno de ustedes es inmortal, no podemos compararnos ni pelear con seres inferiores, sin embargo, nuestra paz ha sido perturbada y no lo tolerare…castigaré a esos intrusos hasta hacerles pagar con lágrimas y sangre el daño que hacen a nuestra tierra y sólo permitiré que se lleven enfermedades y dolor a su suelo lejano”. Ustedes, añadió, desde hoy vivirán en los troncos de lupuna, pona y cashapona pudiendo salir de allí solo para confundir de camino al enemigo, llevándolo hasta lo más profundo de la selva, en donde lo abandonares a su suerte. A todos les ordenó salir en las noches y colocarse cerca de los campamentos de los invasores. A otro grupo muy especial les pidió que recogieran todas las variedades de minerales, animales y plantas y lo trasladen a lo más profundo de LA SELVA PARA SALVARLOS DE LA AMBICIÓN EXTRAÑA. Luego de esto el anciano jefe se introdujo en el piso del templo a esperar respuesta. Los silfos se regaron por la selva. Hicieron crecer espinas a las pacas, volvieron venenosas a las serpientes, el manso tigre se hizo feroz, las hormigas, el isango, las avispas y hasta las garrapatas se volvieron agresivas para defender su mundo. Cuentan los abuelitos que fue precisamente en este tiempo que los ríos cambiaron su rumbo para enterrar por siempre las ricas playas y sobre ellas hicieron brotar aguajales y pantanos para que el invasor nunca las halle. El extranjero sintió el cambio y tuvo miedo, pero fue tanta su ambición, que una y otra vez insisten, hasta que llegaron selva adentro. Allí tuvieron hijos y estos a su vez lo suyos, quienes empezaron a querer a la selva y se olvidaron de su enfermiza ambición. SILFOS EJA salió entonces del piso del tempo y llamo a su gente para anunciarles que era tiempo de perdonar a los invasores. Casi la mayoría estuvo conforme. El resto volvió a la selva y aun continua odiando al extraño, lo ahoga en el rio, le produce uta y malaria, le enloquece al mordisquear ciertas plantas. SILFOS EJA vive aún, sus fieles hombres siguen cuidando el templo de la vida, quizás hasta que su jefe decida regalar todas sus riquezas a la gente que como él ame mucho a esta tierra. El resto de su ejercito sigue también vivo en el abultado tronco de la lupuna, pona y cashapona Solo los malos se han convertido en shushupes y andan buscando victimas por todas partes.

    Lunes, 18 Noviembre 2019 10:35

    La rebelión de los motelos

     

     

    Mil años antes que existiera SHAJAO, el curaca de los huarayos, en la confluencia de los ríos Madre de Dios y Tambopata existía una gran altura, donde los nativos no se atrevían a ingresar por temor a los motelos y a las creencias que de ese lugar se tenía desde muchas generaciones anteriores. Y es que, en esta área de aproximadamente dos kilómetros cuadrados y a unos cincuenta metros de altura sobre el nivel de las apacibles aguas de los dos ríos, enseñoreaban los motelos desde miles de años antes al de nuestra narración. Sucedió que esos tiempos que el dios Pachamama hablaba todavía con los animales y los hombres, a l ver que los motelos habían creció tanto, pues muchos de ellos pesaban más de 150 kilos y se habían multiplicado en cientos de miles en esta altura, les ordenó que abandonaran esas tierras. Los motelos que allí tenían unos y wito en abundancia y buenas quebradas con limpias aguas, no hicieron caso a las órdenes de su dios, y con la parsimonia y pereza que les caracteriza, después de haber transcurrido varios meses aún no pensaban mover una pata, hasta que cansado y colérico el dios Pachamama por la desobediencia, les dio un plazo de un día para que todos los motelos salieran del lugar, advirtiéndoles que si no lo hacían, los hará desaparecer de la tierra. Ni aún con esta advertencia los motelos se preocuparon por obedecer. Vencido el último plazo, el dios Pachamama hizo llover siete días y siete noches en forma torrencial en esta zona. Los ríos aumentaron su caudal más de veinte metros sobre su nivel normal, luego desató sobre la zona un fuerte ventarrón que duró varias horas y arrancó de raíces muchos árboles; y por último hundió toda al altura de dos kilómetros cuadrados en las aguas de los dos ríos. Los motelos con las torrenciales lluvias, el terrible ventarrón, la caída de los árboles y el hundimiento de la tierra, chocaban estrepitosamente unos contra otros, el griterío era terrible, miles de muertos y heridos; y por último muchísimos de ellos flotaron sobre las aguas arrastrados por los vientos. Los nativos se habían alejado de esta zona y varias horas, afuera, despavoridos. Cuando las aguas bajaron a su nivel normal, los nativos sigilosos y temerosos, con la desconfianza que los caracteriza, se acercaron a ver la tierra de los motelos, pero ésta ya no existían: había desaparecido. En su lugar había aparecido un bajío con cientos de miles de árboles caídos, un sinnúmero de cascos de motelos semienterrados y al frente, casi a la otra orilla del río Tambopata, una gran palizada de cascos de motelos. Según cuentan los antepasados, ahora esta zona castigada donde vivían y se enseñoreaban los motelos, se llamaba Pueblo Viejo y la gran ruma de cascos de motelos se ha convertido en el cascajal que tenemos al otro lado del río Tambopata, frente a la playa que visitamos en los veranos. Ustedes pueden comprobarlo, existen todavía casos petrificados en ese cascajal. Liliana García Pérez- Colegio Santa Rosa Puerto Maldonado - 1990

     

     

     

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