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Antes que la sierra peruana fuera habitada, el territorio de MADRE DE DIOS estaba ya poblado de un numeroso y noble ejército de SILFOS, dedicados exclusivamente a cuidar y mejorar la naturaleza. Cuentan los abuelitos huarayos que estos seres tenían como única alimentación el rocío que quedaba convertido en gotitas en las hojas y en las flores.

SILFOS EJA, era su máximo jefe. Medía 80 cm de altura, los ojos redondos y juguetones como los del conejo de la selva. Cada maña el ejército de silfos verificaba cómo estaba la selva e informaba a su jefe. Señor, las orillas de los ríos están muy opacas y los pececillos no se ven tan hermosos. Rieguen la entonces con oro en polvo. Señor, a los añujes y picuros les crecen muchos los dientes pues no tienen que roer.

Hagan crecer árboles con frutos duros, ordenaba Silfos Eja. Inmediatamente sus hombres sembraron la castaña. Divino jefe, decía otro, los loros no pueden poner sus huevos en las palmeras porque son muy duras. Que lo hagan los pájaros carpinteros. Cada día era lo mismo. Sacar una rama podrida, poner una hoja en tal sitio, curar una hormiga, componer un nido, etc. Una mañana SILFOS EJA se vio rodeado por todos sus hombres y pregunto sorprendido ¿Qué pasa hijos?, Señor, señor, eres raras han entrado en tus dominios y lo destruyen todo. Matan a nuestros animales, derriban nuestros árboles, se llevan el oro de nuestros ríos y hasta se han comido huevos y pichones de nuestras aves.

Son muy crueles señor. El jefe escuchó en silencio. Su tranquilo rostro poco a poco se volviendo más frío y duro que el metal y luego dando un atronador grito ordeno ¡Síganme¡ SILFOS EJA se elevó por los aires y tras suyo se elevaron también sus hombres. Minutos más tarde descendieron en un hermoso templo de granito, donde solamente una vez al año adoraban al dios de la vida. El templo se llamaba Pai-ti-ti y según dicen los abuelos queda en el Manu.

Fue allí precisamente que, desde un altar de oro y diamantes, SILFOS EJA, con tono grave, dijo a su pueblo: “hijos, cada uno de ustedes es inmortal, no podemos compararnos ni pelear con seres inferiores, sin embargo, nuestra paz ha sido perturbada y no lo tolerare…castigaré a esos intrusos hasta hacerles pagar con lágrimas y sangre el daño que hacen a nuestra tierra y sólo permitiré que se lleven enfermedades y dolor a su suelo lejano”. Ustedes, añadió, desde hoy vivirán en los troncos de lupuna, pona y cashapona pudiendo salir de allí solo para confundir de camino al enemigo, llevándolo hasta lo más profundo de la selva, en donde lo abandonares a su suerte. A todos les ordenó salir en las noches y colocarse cerca de los campamentos de los invasores. A otro grupo muy especial les pidió que recogieran todas las variedades de minerales, animales y plantas y lo trasladen a lo más profundo de LA SELVA PARA SALVARLOS DE LA AMBICIÓN EXTRAÑA.

Luego de esto el anciano jefe se introdujo en el piso del templo a esperar respuesta. Los silfos se regaron por la selva. Hicieron crecer espinas a las pacas, volvieron venenosas a las serpientes, el manso tigre se hizo feroz, las hormigas, el isango, las avispas y hasta las garrapatas se volvieron agresivas para defender su mundo. Cuentan los abuelitos que fue precisamente en este tiempo que los ríos cambiaron su rumbo para enterrar por siempre las ricas playas y sobre ellas hicieron brotar aguajales y pantanos para que el invasor nunca las halle. El extranjero sintió el cambio y tuvo miedo, pero fue tanta su ambición, que una y otra vez insisten, hasta que llegaron selva adentro.

Allí tuvieron hijos y estos a su vez lo suyos, quienes empezaron a querer a la selva y se olvidaron de su enfermiza ambición. SILFOS EJA salió entonces del piso del tempo y llamo a su gente para anunciarles que era tiempo de perdonar a los invasores. Casi la mayoría estuvo conforme.

El resto volvió a la selva y aun continua odiando al extraño, lo ahoga en el rio, le produce uta y malaria, le enloquece al mordisquear ciertas plantas. SILFOS EJA vive aún, sus fieles hombres siguen cuidando el templo de la vida, quizás hasta que su jefe decida regalar todas sus riquezas a la gente que como él ame mucho a esta tierra.

El resto de su ejercito sigue también vivo en el abultado tronco de la lupuna, pona y cashapona Solo los malos se han convertido en shushupes y andan buscando victimas por todas partes.

 

 

 

 

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