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Miles de años antes de la llegada de los primeros europeos a América, y aún antes del surgimiento del Imperio Incaico, seres humanos recorrieron la cuenca hidrográfica de Madre de Dios. Como prueba de ello se han ubicado restos antiquísimos, entre los que figuran petroglifos en los ríos Palotoa, Shinkebenía y Urubamba.

En el pongo de Mainique, como en el de Paucartambo, los petroglifos parecen indicar que fueron zonas de intercambio tempranos, entre los pueblos de la serranía y de la selva.

Estos vestigios, de los primeros pobladores de la selva sur oriental, nos llevan a la interrogante de cómo y desde dónde llegaron.

Ello no está ni cercanamente aclarado, pero estuvieron ahí: vivieron, cazaron, probablemente pescaron y recolectaron frutos, raíces silvestres; por los signos que han dejado enclavados en las rocas, tuvieron conceptos míticos.

En la Cordillera de Pantiacolla y en las cabeceras del Madre de Dios también se encuentran petroglifos y restos antiguos que atraen a los arqueólogos y antropólogos.

Las ruinas en diversos puntos del río Apurimac y las más tardías de Macchu Picchu y Huayna Picchu marcan hitos en la prehistoria de la región. Entre los petroglifos y Macchu Picchu hay toda una trayectoria aún por conocer, por ejemplo en el Mamería.

Dentro de la depresión selvática rodeada por el nudo del Taporake, la expedición del General Ludwing Essenwager (abril 1980), descubrió antiquísimas construcciones pétreas, que aún no han sido estudiadas.

En la Cordillera de Paucartambo hay un camino de piedra posiblemente anterior al incario y utilizado por éstos en la época de su predominio. Este camino es una muestra singular de lo que pudo haber sido y significado la cuenca del Madre de Dios en el pasado.

 

 

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