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La Independencia, en la tercera década del siglo pasado, traería cambios bastante significativos en la región, generándose una cadena de acontecimientos que sacudieron los engranajes del sistema imperante.

Desde antes de 1821, fecha de la declaración de la Independencia en Lima (que dejaba de ser la sede virreinal), todo el sur del Perú vivía dentro de un clima de expectativas, provocado por los sucesos en el Virreinato de Buenos Aires, que se hicieron extensivos, rápidamente, al Alto Perú, como por las repercusiones que se originaron por todo ello en nuestro país.

El Cusco, y toda la región de la cual era el eje, tenían fresco todavía el recuerdo de la gran rebelión liderada por Túpac Amaru (José Gabriel Condorcanqui) y por Pumacahua, un cacique quechua que en esa oportunidad respaldó a las fuerzas represivas virreinales, de los cuales formó parte,  ganando los galones de brigadier.

La Independencia, lograda finalmente y consolidada después de Ayacucho, resultó ventajosa para el elemento criollo, los mestizos y algunos sectores de la población indígena. Sin embargo, de primera intención se producirían diversos desajustes en cuanto al intercambio comercial y, dentro de un clima de marcada inestabilidad política, se desatenderían urgentes y perentorias necesidades.

En las antes ricas zonas auríferas selváticas de la cuenca del Madre de Dios (en aquellos años empezó a llamarse así), se intentaría en varios sectores dar con las viejas y perdidas pistas mineras, mientras en otros se continuaba explotando minerales auríferos y lavando arena y cascajo.

Los pobladores, asentados en pequeñas localidades o en ocasiones aislados casi totalmente, persistían en el trabajo de sus chacras y la crianza de animales. La cascarilla era también explotada, en limitada proporción.

Es claro que la actividad minera había decrecido en mucho y ya fuese por uno u otro motivo, la región atravesaba por un período crítico.

En la zona de Marcapata, abandonada casi en su totalidad antes de finalizar el siglo XVIII, a partir de 1828, comenzó una nueva etapa con la paulatina llegada de buscadores de oro y de colonos que deseaban establecerse allí.

Por los mismos años harían alguna labor misionera para llegar a los “chunchos”, como eran llamados los nativos selváticos.

Pero tardaría en registrarse una producción minera de la importancia que alcanzó en la colonia. Por el contrario, se irían registrando incrementos en la colonización, orientada a la agricultura, ganadería y explotación forestal.

 

 

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