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Siglo XVI Entrada de los Hispanos

Publicado en Nuestra Historia
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Después de la llegada de los conquistadores hispanos al Cusco y mientras se daban los primeros enfrentamientos, entre los capitanes de la conquista, por el codiciado botín incaico, el afán de mayores riquezas por saquear y la sed de nuevas aventuras, empujarían a unos pocos integrantes de las huestes invasoras, a lanzarse hacia el país de los Antis, en busca del fabuloso Paititi como de las abundantes riquezas que existirían selva adentro, según lo indicaban los indígenas dominados.

Estas informaciones no eran del todo inexactas, al contrario, puesto que los mismos Incas hacían traer, de las zonas selváticas, desde la coca hasta gran parte del oro que utilizaban. Sin embargo, los conquistadores entendían las informaciones a su modo, siendo éste el motivo para lanzarse, sin previo tanteo y sin medir las consecuencias, tras los pasos que antes habían seguido los Incas hacia el Amarumayo.

Pedro de Candia, capitán griego que acompañó a Pizarro desde los años iniciales de la conquista, fue el primero en aventurarse. Según el cronista Antonio Herrera, Pedro de Candia entró con 300 hombres (oficiales y soldados, reforzados con especialistas en herrería, carpintería, etc.), aparte del formado acompañamiento de cargueros indígenas de la serranía, mujeres y algunos esclavos negros. Llevaban caballos y probablemente, hasta cierto trecho, harían uso de una recua de llamas.

Candia siguió desde el Cusco (Paucartambo, según parece), donde luego de una permanencia de mes y medio, tal vez explorando y preparando los abastecimientos, siguió, a continuación, por el Tono, cruzando la Cordillera Oriental.

En Apatari, a unas 30 leguas del Cusco, habrían hallado mucha gente y plantíos de coca y otros productos. Sin embargo, durante tres largos meses y después de haber ganado un punto que Herrera llama Abiseo, Candia y sus acompañantes sufrieron indecibles penalidades: en primer lugar, tuvieron que descender hacia los llanos por pendientes casi cortadas a pico, repletas de vegetación.

En muchos lugares les fue necesario bajar los caballos con fuertes lianas que hicieron el papel de cables. Algunas cabalgaduras e incluso jinetes se desbarrancaron, los pertrechos se humedecían y los víveres se deterioraban y acababan. Los cargueros perecían inmisericordemente y sucedía lo mismo a las concubinas serranas, que ciertos hispanos habían preferido llevar con ellos. Viéndose en tan pobres condiciones, decidieron retornar, cosa que lograron en pocos días saliendo por Carabaya.

Tuvieron algunos encuentros con los indígenas selváticos y uno de ellos que lograron capturar, al ser interrogado, les dio a entender que se hallaban perdidos (seguramente iban dando vueltas confundidos por el mar de vegetación).

La mayor parte de los expedicionarios dejó sus huesos en medio de la selva, los caballos murieron o fueron ultimados para comerlos.

En tanto esto ocurría en la expedición, Francisco Pizarro ya había fundado Lima y Alonso de Alvarado penetraba por el norte hacia la selva amazónica.

Pedro Anzures de Campo Redondo, después de la odisea de Candia, proseguiría con la tentativa debido, entre otros motivos, a que el capitán griego fue detenido al regresar al Cusco por sospechas.

Anzures de Campo Redondo, a su vez, entró por Carabaya con un impresionante cortejo de soldados de caballería e infantería, esclavos negros, concubinas y criadas de los hispanos, cargueros nativos y guías. Resulta realmente incomprensible que se insistiese en la torpeza de organizar una expedición en semejante forma, con caballos que eran un estorbo y con Anzures, y sus oficiales, que llevaban inclusive vajillas de oro.

Es innecesario repetir que la aventura resultó un sonado fracaso, salvándose de perecer apenas el mismo Anzures, un puñado de hispanos y otros pocos acompañantes. Alcanzaron empero un río navegable, pero no se sabe si el Bajo Inambari, el Tambopata, Madre de Dios o Beni.

Recorriendo los llanos selváticos, tropezaron con nativos y pelearon con ellos, reñidamente, para saquearles sus chacras.

Varias de las concubinas y sus criadas, fueron abandonadas a los nativos del lugar que los hostilizaban. Anzures, diría que había llegado al país de los Mosos (Mojos, una región boliviana hábitat de algunos grupos indígenas denominados Mosos, Musos, Mojos), osea propiamente el Beni, en su largo y dramático periplo que abarcó desde 1538 a 1539, saliendo por Ocupiabo (actual La Paz). Pocos quedaron de la expedición que se inició con 143 hispanos, 4000 indios y esclavos negros, y más de 220 caballos.

Finalmente puede resumirse que Anzures de Campo Redondo, que había sido comisionado por Hernando Pizarro, partió desde Ayaviri y alcanzó hasta el Beni, puesto que Zaña queda cerca de su margen izquierda.

Los trágicos resultados de las entradas de Candia y Anzures de Campo Redondo, apagaron por algunos años los ánimos de aventuras.

El Paititi, Amarumayo y sus remotas riquezas de leyenda, fueron dejadas un tiempo de lado por acciones menos problemáticas. Además en la propia Carabaya algo, a fin de cuentas, se había descubierto, los lugares donde en el incanato se habían explotado filones auríferos, lavaderos y también cocales.

Siguiendo, probablemente, por las sendas ya abiertas, que proseguían desde los puntos enlazados a la red caminera de calzados, los conquistadores dieron con ricos yacimientos auríferos, y al poco tiempo improvisados mineros que recurrían a la explotada mano de obra indígena irían a dar singular fama a los asientos auríferos de Carabaya.

Cieza de León cita la gran riqueza de Caruaya (Carabaya) por el año 1553, desde esta fecha a 1566, salieron de ese lugar grandes cantidades de oro.

Sin embargo, el legendario Paititi retornaría en breve a poner en movimiento ambiciones y afanes antes de finalizar el siglo XVI.

Aparentemente ya existían indicios ciertos sobre el Madre de Dios y las posibles rutas practicables. Según Garcilaso, un tal Diego Alemán había entrado por Cochabamba hacia los Musus (Mojos), que lo atacaron salvándose sólo dos hispanos o criollos, uno de los cuales se llamó Francisco Moreno y al salir en 1564, trajo la noticia de esta entrada y su trágico fin. Gómez de Tordoya, se valió de este informe para planear su ingreso y también motivó a Gaspar de Sotelo a solicitar permiso de entrada, antes de la autorización dada a Álvarez de Maldonado.

En 1566, el capitán Álvarez de Maldonado lograría llegar al Madre de Dios (todavía conocido por Amarumayo) y navegarlo en balsas. Pero esta entrada terminaría de modo insólito por las pretensiones de Gómez de Tordoya, quien con anterioridad había sido autorizado por el Virrey Conde de Nieva, pero cuyo permiso quedó suspendido debido a sus grandes preparativos, que hicieron recaer sospechas de una posible sublevación.

Esta vez no fueron los nativos quienes dejaron malparados a los expedicionarios, pues fue Gómez de Tordoya que con un nutrido grupo de hombres armados entró hacia el Amarumayo para impedir la marcha de Álvarez de Maldonado. Durante tres días habrían peleado salvajemente las fuerzas rivales de Tordoya y Alvarez de Maldonado.

Por último, los nativos del lugar dieron cuenta de los sobrevivientes, incluido el mismo Tordoya.

Sólo tres hombres se salvaron, entre ellos Alvarez de Maldonado.

Los indígenas no sólo no les dieron muerte, incluso les indicaron como salir hacia las serranías, por Carabaya.

Así, de manera original, el nombre de Maldonado quedaría extrañamente ligado a la historia de Madre de Dios, pues otros “Maldonados” aparecerían posteriormente haciendo noticia, en relación con la cuenca del misterioso Amarumayo incaico.

 

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