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El turismo comunitario de la Reserva Tambopata

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Víctor Zambrano se llevó una desagradable sorpresa al retirarse del ejército y volver a la vieja finca de su familia fuera de la creciente ciudad selvática de Puerto Maldonado en Perú. Al lugar se habían mudado extraños que talaron los árboles para criar ganado.

Según lo relata Zambrano, izó la bandera peruana, echó a los invasores, y se puso a trabajar plantando 19.000 plantines de árboles autóctonos.

Hoy no se ve rastro de la pastura mientras da un paseo por los campos del lugar al que llama el Refugio K'erenda Homet, una fusión de palabras de los idiomas Harakmbut y Ese'eja que significa “atardecer brillante”.
 
La recuperación de su propiedad, en la zona de amortiguamiento de la icónica Reserva Nacional Tambopata, fue tan exitosa que se la designó como una de las primeras áreas de conservación privada en la región amenazada ambientalmente de Madre de Dios en Perú.

Madre de Dios es conocida por los lujosos ecolodges especialmente alrededor de Tambopata y el Parque Nacional de Manu y la Reserva de Biósfera, los cuales atraen cientos de miles de turistas extranjeros por año.

Los turistas son bien recibidos por Zambrano y grupo de vecinos que piensan como él y que viven a lo largo de un trecho de 12 kilómetros de ruta arenosa en la zona de amortiguamiento de la Reserva Tambopata, pero lo que ofrecen es tanto una forma de vida como un negocio. Muchos de estos negocios, como el de Zambrano, son administrados por los hijos mayores de las familias que se asentaron a lo largo del Río Tambopata hacia el final del boom del caucho del final del último siglo.
 
Los propietarios de las tierras al principio buscaban disminuir la expansión urbana que esperaban como consecuencia de la pavimentación de la Carretera Interoceánica, una ruta que va de costa a costa y que ahora pasa a través de Madre de Dios. Unieron fuerzas a través de un programa de mitigación lanzado por las empresas locales de construcción de carreteras, una operación local de turismo de naturaleza, y varias organizaciones ambientalistas.

El resultado, llamado el Corredor Turístico Isuyama-Bajo Tambopata, es una amplia variedad de opciones de turismo comunitario dirigido a peruanos, gente que pasa unos días en Puerto Maldonado por negocios o placer, o extranjeros que desean combinar turismo de naturaleza con la posibilidad de conocer a gente del lugar, dice Pierina Zlatar, una de las vecinas de Zambrano.

Las estadísticas de turismo sugieren que han encontrado un nicho en crecimiento.

La cantidad de turistas que visitan Tambopata pasó de 15.000 a 39.400, más del doble, entre 2005 y 2013. Aunque la mayoría continúan siendo extranjeros, la cantidad de peruanos se disparó durante ese período: pasó de 550 a 6.200.

La ecoaldea Kapievi de Zlatar es un hotel bed and breakfast parte del movimiento “back-to-the-land” (“vuelta a la tierra”) que también tiene algunos residentes durante el año y en la que los visitantes pueden combinar una sesión de yoga temprano en la mañana con una excursión al lago o con una sesión artística con mujeres del lugar de la comunidad Shipibo.

En la ruta, Magali Salinas rescata a animales salvajes lastimados o abandonados y los cuida para luego liberarlos, si es posible. Si no, se vuelven residentes permanentes de su refugio Amazon Shelter, al cual los visitantes van a trabajar como voluntarios alimentando a los animales y realizando otras tareas.

Sin embargo, todavía es la Reserva Nacional Tambopata la que realmente atrae gente al área.

“La reserva es la atracción principal del área”, confirma Vladimir Ramírez, el gerente del área protegida. Desde su punto de vista, los operadores de turismo comunitario, localizados en la zona de amortiguamiento de la reserva, se benefician directamente del parque. Algunos pequeños operadores aprovechan su ubicación al ofrecer excursiones a la reserva, mientras que el área de conservación funciona como un lugar de reproducción para la vida salvaje que también habita la zona de amortiguamiento, señaló Ramírez.

Los propietarios de tierras en el corredor ecoturístico por lo general se ponen de acuerdo, pero a algunos les gustaría que la reserva ofrezca más apoyo a operadores pequeños, tal como aunar fuerzas para buscar financiamiento.

Afirman que un problema mayor es la falta de control sobre actividades ilegales en la zona de amortiguamiento, la cual sufre de tala ilegal y extracción ilegal de oro. Esta última ha dejado partes del paisaje estériles y llenas de cráteres.

La minería preocupa también a Ramírez, pero dice que carece de jurisdicción completa sobre la zona de amortiguamiento. Otras oficinas gubernamentales, incluyendo las oficias de minería nacional o regional, de agricultura y de desarrollo, también deben llegar a un acuerdo sobre políticas a seguir.
 
Ramírez elogia los esfuerzos del gobierno para tomar medidas contra la minería, pero reconoce que hay reportes persistentes de que los mineros los socavan al eludir las redadas policiales.

Río arriba, en la diminuta comunidad agrícola de Baltimore, hay una historia de sentimientos mezclados sobre la reserva. Cuando se creó el área protegida, los residentes estaban enojados porque las autoridades limitaron actividades tradicionales como la caza, la pesca o tala de árboles, remarcó Eduardo Ramírez (quien no tiene ningún parentesco con Vladimir).

“La gente se sintió humillada, marginada, abandonada y se fue”, agregó.

Afirmó que en un punto la población cayó de alrededor de 60 familias a apenas una docena. Baltimore también carecía de asistencia médica buena y de una escuela, pero Ramírez inste en que “la mayoría se fue porque no podían seguir haciendo lo que habían estado haciendo.”

El jefe de la reserva, Vladimir Ramírez, señaló que Tambopata se clasifica como un área de uso mixto, precisamente porque hay comunidades y una ciudad cerca. Mucha gente depende de los recursos de la reserva, desde animales de caza hasta nueces de Brasil—para subsistir o como fuente de ingresos. Todavía se puede cazar o extraer otros recursos del parque.

Una mejor comunicación hubiera sido de ayuda cuando se creó la reserva, pero las relaciones han mejorado con el tiempo, sostiene Eduardo Ramírez.
 
"Así es como la gente se ganaba la vida”, continúa. “Si vas a quitarle la fuente de ingreso a la gente, tienes que ofrecerle una alternativa".

Un puñado de las familias que se quedaron en Baltimore optaron por el turismo. Con ayuda de varios proyectos de desarrollo no gubernamentales, le sacaron el máximo rendimiento a esta novedad, estableciendo un operador turístico comunitario en el que los visitantes pueden dar una mano con actividades cotidianas, como cosechar cacao o preparar palma para cubrir un techo, junto con caminatas en la naturaleza y chapuzones vespertinos en un arroyo. El emprendimiento es pequeño, en parte debido al presupuesto limitado y en parte debido a su ubicación.

Los visitantes pueden llegar con facilidad a la Ecoaldea Kapievi, el Refugio de Zambrano, o incluso al refugio de animales de Salinas desde Puerto Maldonado en taxi o en triciclo motorizado, pero viajar a Baltimore significa caminar 15 kilómetros a través de cultivos y el bosque o subir río arriba en bote, siendo la última una opción más rápida pero más cara.

La caminata y la posibilidad de interactuar con familias atraen especialmente a turistas jóvenes, según Eduardo Ramírez y su hermano Víctor, quienes ofrecen hospedaje y otras actividades en la finca de su familia, El Gato.

Una ventaja es que su propiedad, la cual se convirtió un área de conservación privada en el 2012, sustenta la Reserva Tambopata. Esto ayuda a asegurar que el bosque siga intacto mientras que la Carretera Interoceánica trae más gente a la región, sostienen.
 
 
Las áreas protegidas de Madre de Dios podrían albergar más turismo rural familiar o comunitario, pero tales empresas enfrentan obstáculos particulares, afirmó Kurt Holle, uno de los fundadores de Rainforest Expeditions. La empresa administra tres hospedajes a lo largo del Río Tambopata y proveyó orientación para establecer el corredor turístico y la empresa en Baltimore, como parte de un proyecto ara mitigar los impactos de la Carretera Interoceánica.

Una iniciativa turística de Rainforest Expeditions comenzó como una asociación con una comunidad local, un acuerdo que demostró ser más complicado de lo esperado.

El plan original era emplear residentes de la comunidad, compartir las ganancias, y transferirle el manejo del hospedaje a la comunidad mixta Ese'eja-mestizo de Infierno luego de 15 años. Llevó 20 años, con subidas y bajadas en el camino, pero la comunidad ahora administra la mayoría del operador, relató Holle.

“Cuando comenzamos el Proyecto, no sabíamos qué era el turismo”, contó el presidente de la comunidad Ronald Mishaja.

Alrededor de 150 de las más de 600 familias de la comunidad participan actualmente en el negocio y comparten las ganancias, las cuales han crecido ininterrumpidamente de menos de $100 por año por familia al principio a más de $1000 por año hoy en día, relató.

Un porcentaje también va para los proyectos comunitarios, los cuales incluyeron un nuevo edificio comunitario, préstamos para estudiantes y esfuerzos para mantener con vida la cultura y el lenguaje Ese'eja.

La ubicación de Infierno en el Río Tambopata, pero accessible por medio de la ruta desde Puerto Maldonado, lo convirtió en un punto de partida conveniente para los botes que van a los hospedajes río arriba, aunque el objetivo es convertir a la aldea en sí en un destino turístico, aseveró Mishaja.

El turismo es más fácil y más rentable que ganarse la vida a duras penas viviendo en el bosque, añadió, pero requiere una mentalidad diferente.
 
 
La primera clave es la consistencia, aseguró Holle, quien cree que hay lugar en el Mercado tanto para servicios turísticos de alta calidad como para los de bajo costo, pero ambos deben ofrecer servicios acordes a lo que cobran.

Luego está la comunicación con clientes potenciales.

“Tienes a una persona tratando de contactarse contigo y puede que te encuentres cosechando bananas”, dice Holle. “Si no contestas ese teléfono o ese correo electrónico, has perdido una venta. Una de las razones principales por la que el turismo comunitario no funciona es porque las personas no están sincronizadas con el tiempo de respuesta de hoy en día”.

Esa es la desventaja de la era digital, pero también hay ventajas, como páginas web orientadas a turistas que ayudan a quienes recién comienzan a obtener sus primeras referencias incluso si no cuentan con una agencia turística.

La asociación entre esta empresa e Infierno le enseñó a Holle la importancia de construir la confianza, pero también le enseñó las dificultades de mantener desacuerdos con respecto a los negocios por tomarse las cosas de modo personal en un lugar en el que las personas son socios y vecinos.

Él ve posibilidades adicionales para el turismo comunitario en otras áreas cerca de las áreas protegidas de Madre de Dios, especialmente en el Lago Sandoval en Tambopata y las comunidades indígenas alrededor de Manu.

“En cualquier lugar en el que haya una comunidad que no esté muy alejada y que tenga un buen bosque alrededor hay potencial”, continuó. “No va a ser muy grande, pero puede que (beneficie) a cientos de personas por año.” Además puede hacer que los bosques sigan de pie.

 

 

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